
Qué tal, don Pablo, ¿ viajando?.
Sí, pues, Arturito, voy un rato a Cabana, a ver la casita.
Desde su partida de Lima a las dos de la tarde del día anterior, el vehículo ha devorado ya muchos kilómetros. La Cooperativa Comunal de Transportes “Niño Víctor Poderoso” de Andamarca está cumpliendo su diario servicio entre Lima y Huaycahuacho.
El cansado pasajero ha ido abriendo lentamente los ojos. El sonido monocorde del motor y el movimiento exagerado por las irregularidades del camino, terminan por despertarlo completamente. Un rápido examen a su entorno le avisa que han pasado Puquio y están en plena subida a Yauriwiri. Va rayando la aurora y el paisaje se le va abriendo con un arrebol de encanto. La luz se va imponiendo paulatinamente, algunas estrellas aún insisten con su esplendoroso brillo desde el cielo. En el toca cassete se escucha bien clarito:
“Andamarca cooperativa, Niñucha Víctor,
Sumaqllatam qaukallatam apallawanki”.
Cooperativa de Andamarca Niñito Víctor,
Llévame bonito y sin sobresaltos …”
Cuando el chofer ha detenido el vehículo para revisar el agua, las llantas y, principalmente, para el reglamentario desayuno, los compañeros de ruta se pasan la voz:
Qeqaña, don Sera, uraycusunñayá, yacullatapas upiamusunyá.
(Es Qeqaña, don Sera, bajemos pues, siquiera aguita tomaremos).
Hombres y mujeres han empezado a descender del bus cuidando de abrigarse convenientemente. Algunas señoras insisten en sus recomendaciones:
¡Cómo vas a bajar así, ponte el poncho y el sombrero. Hace mucho frío y te puede dar el aire!.
Si algún osado no hubiera seguido las recomendaciones, en poco tiempo estará sufriendo los estragos del soroche y del aire: pálido, sudando frío y con unos vómitos incontenibles.
A casi cuarenta kilómetros de Puquio, siguiendo la ruta hacia Chalhuanca, cerquita ya a Yauriwiri, se ubica la quebradita de Qeqaña. Funciona aquí un Restaurant, obligatoria parada de los choferes, sobre todo de los camioneros en ruta al Cusco. El que algún pasajero se queje por la deficiente atención o porque el arroz estaba frío o la carne mal frita no es razón suficiente para no detenerse. El porqué es comentado por todos: la atención a los choferes es muy especial, los platos son del momento, nada guardado y, - lo más importante: ellos nunca pagan, por el contrario, los gratifican con cigarros y chicles.
Sólo el sueño, a medianoche, ha logrado interrumpir las informales conversaciones entre los compañeros de ruta cabaninos, aucarinos, chipaínos y andamarquinos. El solcito invita a cobijarnos bajo su fraterno manto, ahora que ya hemos acallado el apetito con alguna especialidad de puna.
Hace rato que la serena conversación ha tomado los matices de una abierta discusión.
Cómo vas a negar que Cabana es el mejor pueblo de esta zona, pues. No te olvides que Andamarca ha sido nuestro anexo. Nosotros tenemos nuestro Colegio Seoane, tenemos nuestro NEC, también el Banco de la Nación va a funcionar y ustedes ¿qué tienen?, apenas están gateando.
Nuestro Colegio ha sido primero y es el más parado de todos. Pregunta a ver qué fama, qué rango tiene el Ventura Ccalamaqui de Chipao.
Mira, Arturito, no puedes ser tan cerrado. Nosotros, somos el Distrito más joven y en poquito tiempo hemos hecho carretera, luz eléctrica, tenemos agua potable, tenemos los más grandes locales escolares, todo hecho con nuestro punche, a nosotros no nos han regalado nada como a ustedes. Ahorita también vamos a inaugurar nuestro Instituto. A ustedes sus padrinitos les consiguen cualquier cosa en Lima y con eso se sobran. Mira, hasta nuestros propios carros tenemos, estás viajando por nuestra cortesía en nuestra Cooperativa, ¿cuándo han sabido hacer nada ustedes, por favor?...
Oye, quesuñiticha, ahorita me vas a contestar. A ver dime ¿cuántos profesionales tiene Andamarca?. Nosotros tenemos doctores, abogados, ingenieros, que han salido de nuestro Colegio, militares que tienen altos grados.
Chipao te gana, pues. Nosotros tenemos más doctores, que han estudiado en nuestro Colegio, te demuestro con nombres.
Y salían los nombres: el doctor tal, el ingeniero cual, el comandante sutano, y la lista seguía creciendo. El andamarquino estaba listo para la respuesta, pero la parsimoniosa intervención de don Félix se escuchó clarita:
Muy bien, ingeniero. Cabana, Aucará, Chipao, tienen sus grandes profesionales, doctores. Muy bien. Los felicitamos. Son, pues, distritos más antiguos. Nosotros también tenemos lo nuestro. Ustedes tienen todos esos dignos profesionales, pero nosotros tenemos a uno que los hace arrodillar a toditos sus doctores, ingenieros y generales.
Estás hablando huevadas, abuelo, ¿quién va a hacer eso?.
¿Cómo quién?. ¡Nosotros tenemos a nuestro padre cura que los hace arrodillar a todos, ¿sí o no?!!!!...
La carcajada general ha ido disolviéndose ya en el carro porque el chofer ha encendido el motor y está llamando con la bocina. Dos horas más y estaremos entrando a Andamarca.
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Conversaba don Francisco Tito, Personero de la Comunidad Campesina de Andamarca, con algunos comuneros. Es impostergable activar las gestiones para que de inmediato se solucione el problema de la Escuelita. Les ha sido extremadamente difícil conseguir que desde la Inspección de Puquio designen a la preceptora Valdivia, pero es muy poco lo que puede hacer. Como tiene problemas de salud, sin su familia, se ausenta con frecuencia y la Escuelita permanece cerrada. Hace ya un mes que no está en el pueblo. El comisionado don Isidro Huamaní está partiendo en su alcance y en pocos días estará de regreso y, de seguro, traerá en sus espaldas un regular cargamento de cuadernitos y lápices para los estudiantes.
Todavía muy pocos leen y escriben en Andamarca. El grupo humano que tanta presencia había sabido imponer durante su historia construyendo indestructibles monumentos, sin embargo, se estaba interesando tarde por estos vitales conocimientos. Algunos abuelincos solían referir que en tiempos muy lejanos, desde Sondondo sabía venir un personaje que se establecía por meses con sus familiares. Escribía en unos pergaminos y hacía dibujos bastante claros de cómo vivía la gente. Le gustaba conversar y preguntar. Dijo que preparaba una gran carta al Rey de España, quejándose cómo sus comisionados trataban a la gente. Refirió que su hermano cura le había enseñado a leer y escribir.
Valiéndose de este ejemplo, los andamarquinos convencieron al curita Antezana de la Parroquia de Cabana, para que los días domingos después de celebrar la Santa Misa se dedicara a enseñar a los maqtas. Acordaron pagarle diez centavos por cada alumno. Precisamente, Francisco Tito fue uno de ellos. Algunos años después, por fin se había creado la primera Escuelita de Andamarca. Leandro Tito, hijo de Francisco, recuerda haber aprendido con las dos señoras profesoras que se sucedieron, doña María Calle y la señora Valdivia.
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