martes, 14 de agosto de 2012
MI AMIGO, EL "VIEJO" LEANDRO
Después de nuestro nacimiento, poquito a poco vamos haciéndonos a las cosas de este mundo, aprendemos a conocer a los nuestros, nos acostumbramos a la luz, a escuchar voces ajenas, a reclamar con nuestro llanto, etc. Pero, ¿desde cuándo es que recordamos algo, cuáles son esas primeras escenas que se graban en nuestra memoria?... Como que hay un sitiecito especial en nuestros recuerdos, una vivencia que nos ha marcado y que nos acompaña siempre.
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Cuando hago este ejercicio, veo algunas estampas borrosas, con mi padre montado en su caballo, saliendo muy temprano a los afanes de la carretera, junto con otros personajes y, en esos cuadros identifico siempre a uno infaltable, muy joven, a pie. De tanto verlo, me fui haciendo su amigo. Con cierta nitidez recuerdo la fastuosa inauguración de la carretera hacia Puquio. Todas las invenciones artísticas del pueblo salieron ese día con sus mejores galas: estaban los danzantes de tijera, los machoqs de Navidad y sus waylías, los negritos de cinta, los vasallos de carnavales, el villano, los pururus de los pitucuy o sembrío del maíz, en fin… Tremendo alborozo. Y, por supuesto, incansable, moviéndose en las comisiones, acudiendo donde lo llamaran, allí estaba él, don Leandro Tito Berrocal.
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Fueron pasando los años. Mis períodos escolares, empezaron a ligarse a menesteres locales, en razón de que mi padre siempre estaba metido o como autoridad o como miembro de Comisiones que trabajaban por el desarrollo del pueblo. Terminada la chambaza de la carretera, acometieron las urgencias de los locales escolares, de la casa municipal, del ensanchamiento de calles, del agua potable, de la luz eléctrica y muchas más. Y siempre recuerdo a Leandro moviéndose en los grupos responsables.
Cuando empecé a cumplir labor profesional en mi tierra, entendí por qué Leandro, junto a sus responsabilidades familiares, procuraba sumarse y ayudar en la búsqueda del progreso y el bien común. Resulta, pues, que era hijo de don Francisco Tito, sin lugar a dudas, uno de los pioneros en la dura tarea de construir nuestro pueblo. Cuando Andamarca ingresa al período republicano en un total desconcierto pues, hasta entonces, sólo había visto pasar de lejos los acontecimientos, empezó a entender que debía ponerse al nivel de la nueva administración. Paralelamente, habían empezado a llegar los inmigrantes de San Juan, rápidamente convertidos en andamarquinos enraizados. Ellos tenían más experiencia en estos asuntos y fueron descorriendo velos que secularmente habían cubierto la integridad y pureza de la Comunidad. Francisco Tito, entendió la urgencia de transformar una realidad pegada al pasado y, como dirigente, organizó y dirigió las tareas. Desde muy joven empezó a caminar por espacios que superaban los límites locales, fue conociendo otras realidades y adoptando lo mejor. Leandro me comentó alguna vez que, por ejemplo, fue su padre Francisco quien llevó las primeras semillas de eucalipto al pueblo. Antes de esta inclusión, los únicos maderos en uso, eran la paqpa y el molle. Con Francisco se logró la ubicación de los Títulos del pueblo en Huancavelica, inscritos todavía el año 1700. Los primeros intentos para tener una Escuela, también se hicieron con él, ya que había aprendido los rudimentos de la lectura y la escritura gracias al contratito que los dirigentes comunales hicieron con el párroco que a veces venía desde Cabana a atender a la feligresía. Le pagaban diez centavos por alumno, los días que después de la misa se quedaba enseñando.
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Viviendo a diario estas experiencias con su padre, era natural que Leandro se contagiara sin remedio con la enfermedad del andamarquino que tan fuerte suele pegarnos a algunos. Por eso, estuvo siempre en todos los acontecimientos que hicieron historia local y regional. Recuerdo que mi padre, en las pocas ocasiones en que hablaba de sus actuaciones, me refirió que las discusiones con los miembros del Comité Pro Carretera fueron muy serias y que hubo oportunidades en que mandaron todo al diablo. Y que para decidir la ruta desde Huayllahuarme se vivieron reales enfrentamientos. Mi padre sostuvo, desde el principio, que el único ingreso posible de la carretera, debía trabajarse por Huaqraqa y Tincúwa. Andamarca, estaba y está situado geopolíticamente en la puerta de acceso a toda la región norte de la provincia de Lucanas. Los andamarquinos se estaban sacando la mugre en la cordillera a pico, barreta y comba, tragando frío y hambre, y los pueblos vecinos esperaban tranquilos. Si la carretera, desde el extremo de Toryana seguía la pampa y salía hacia Sankupata y Bellido, podía seguir por Paiqochapampa y bajar por los extremos de Lariputo para los cabaninos, con facilidad. De otro lado, si la carretera desde Huayllahuarmi seguía por Trampa hacía Panqapata, era muy favorable para los chipaínos que se jalarían la vía por Tantuñi. Mi padre sostenía que los pueblos del norte como Cabana, Aucará, Ishua, Huaycahuacho, Qeqa hasta Huacaña y Querobamba, tendrían que salir por Andamarca y, por eso, la carretera no podía desviarse hacia ninguna de las alternativas sugeridas por los vecinos que, evidentemente, eran opciones más fáciles. Era natural que por esta última razón, algunos andamarquinos, miembros del Comité, apoyaran tales propuestas. Construir un puente en Tinkúa era una decisión extrema. Primero, estaba la difícil bajada desde Huayllahuarmi a Huaqraqa y desde aquí hasta el río el reto era más gigantesco aún, por lo escarpado de la geografía. En Canllapampa, en Cheqosno, las discusiones eran airadas y los que no estaban de acuerdo se quedaban. Entonces, refería mi padre, que el único que lo seguía a cierta distancia, era Leandro. Al final, se veían solos, pero seguros de que el tiempo y las circunstancias les darían la razón.
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No hace mucho, viendo el incesante ir y venir de vehículos por nuestras calles, Leandro me recordaba tales circunstancias:
Qué diría don Herminio viendo esto, tanto carro, oiga. Si no le hacíamos caso, nada de esto estaría pasando
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Ya en mi período de docente, solía conversar con Leandro sobre la vida, pasión y eventos de Andamarca. Pude conocer su marcada vocación por la Historia, hacía gala de una prodigiosa memoria, porque recordaba nombres, fechas, acontecimientos que, en muchos casos y por desgracia, se han perdido en la noche de los tiempos.
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Un buen día me sorprendió pidiéndome que ingresara a la función pública acompañándole como Teniente Alcalde, pues le había llegado su nombramiento como burgomaestre. Después de las primeras elecciones municipales establecidas por Belaúnde, habíamos vuelto a los nombramientos desde el Ministerio de Gobierno y Policía. No sé cómo le habría llegado la referida designación. Me resistí, por supuesto, por mis convicciones democráticas y mi posición confrontacional con el gobierno de turno. Pero, me convenció. En ese tiempo, el Municipio era una institución solamente retórica, casi. Carente de recursos, era muy poco lo que podía hacer en el tema de obras públicas, por ejemplo. Nadie cobraba un centavo, por supuesto. Casi todo el día el local permanecía cerrado, porque no había empleados. Sólo en las nochecitas podíamos reunirnos los ediles para tomar algunos acuerdos de coyuntura. Ya estábamos sobre el caballo y tratamos de organizarnos de la mejor forma.
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Tuvimos una muy grata experiencia cuando, luego de muchas tratativas encabezadas por Leandro, logramos que don Ciriaco Solar regalara al pueblo un terreno bastante extenso en el Barrio de Qarmenqa, a extremidades del ahora Colegio Nacional, para ser destinado a la construcción de un Minihospital. Don Ciriaco había vivido en el pueblo y poseía algunas propiedades. Como quiera que Leandro había cultivado su amistad desde muy niño, encabezó la tarea del convencimiento. El aucarino don Raúl Bendezú se desempeñaba como Auxiliar Sanitario en el pueblo, y con él maduramos la idea de construir un local para el Centro de Salud que, entonces, atendía de manera muy precaria en uno de los saloncitos del local municipal. El asunto formal fue cumplido cuando nuestro Regidor don Florentino Ortiz, entonces alumno del Centro de Educación Básica Regular, recogió en Puquio, la Escritura Notarial de donación voluntaria extendida por don Ciriaco Solar, a favor del pueblo. Unos días después, don Raúl y Florentino, lograron que personal especializado del Hospital de Puquio les preparara un plano para el Minihospital de Andamarca. Esta gestión fue real, nosotros dejamos en el Municipio la Escritura y los Planos. Con la carencia de recursos, repito, era muy poco lo que podíamos hacer, pero ideamos algunas iniciativas en búsqueda de financiamiento para acometer la soñada construcción. Entonces, no había ni Foncomún ni las millonarias transferencias que se están manejando ahora. Una “obrita”, que también dejamos funcionando, fue la Biblioteca Municipal “JOSE MARIA ARGUEDAS”. Solicitamos libros a las Embajadas, a las Universidades y a diversas instituciones que respondieron favorablemente. No sé cómo se habría agenciado Leandro algún dinerito que nos permitió comprar un lote de libros nuevos en Lima. Nuestra Biblioteca básica, clasificada, empezó a convocar lectores. Establecimos, inclusive, el servicio de préstamos a domicilio, queríamos que prendiera la afición por la lectura. Creo que ni siquiera cumplimos un año de funciones. El caso es que un buen día le llegó la designación a otro compoblano y le entregamos el Municipio con las formalidades establecidas.
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Conocidos son los aciagos y malditos sucesos que en diciembre del 83 condenaron a Leandro a su literal y cobarde asesinato, junto a 12 compoblanos. Pero, el vigor y la inquebrantable convicción andamarquina se impusieron y sus traicioneros sicarios no lograron su vil objetivo. Leandro pudo curar sus heridas y pasó un largo período de encierro en Lima, porque sus hijos, como era natural, no le permitieron el retorno. Pero, más pudo su obsesión andamarquina y, un buen día, sus calles lo vieron pasar nuevamente. ..........................................................................................................................................................................
En los tiempos de su ostracismo en Lima, acostumbraba a visitarme, pues también yo estaba trabajando allí. Leandro desarrollaba una increíble capacidad de caminar, rápido y sin descanso, durante días enteros. Los kilómetros no representaban mayor dificultad para él. Recordaba haber ganado apuestas con los que cubrían la distancia de Andamarca a Puquio, ya sea a caballo o en carro. En Lima, pues, se venía hasta la casa de mis padres en Lince, a pie y regresaba igual, desde y hasta puntos verdaderamente distantes como Comas o Villa El Salvador. En Andamarca, retomó con mucho entusiasmo sus actividades agrícolas. Era común verlo en su chacra, trabajando con su hermano Tomás, recuperado también de la capital. Era un gran aficionado a la jardinería y al cultivo experimental de plantas exóticas no propias del lugar. Por desgracia, fue perdiendo el oído y resultaba ya un problema serio el poder comunicarse con él. Sus hijos le proveyeron de audífonos, pero nunca se acostumbró a ellos. No obstante ello, prosiguió el ritmo de sus actividades, asistido por su hija Fátima.
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Hace unos tres años, pudimos concretar una de sus obsesivas iniciativas. Cada vez que nos veíamos, buscaba convencerme a ascender a la cumbre del Incapallanka, el coloso mirador que limita la meseta de Qellqata y se mira con el Osqonta. Recuerda, me decía, que desde el Incapallanka vamos a ver la inmensidad del espacio, incluso hasta el mar de Chala. Yo, francamente tenía mis dudas - porque mis achaques de vejete se despiertan en la altura - e inventaba pretextos que no lo convencían. Hasta que un determinado día, estábamos allí, frente a la inmensa mole, entregando nuestros pagapas al Apu Huamani. La ascensión fue lenta y fatigante por nuestras evidentes condiciones físicas, pero logramos culminar nuestra epopeya y vivimos la indescriptible satisfacción de los triunfadores. Quisimos más, estábamos frente a Llallahua, había que llegar a la cabecera de Quilcata. No era fácil el trayecto por el accidentado terreno y sólo pudimos llegar hasta Qory Wayrachina. Comprobamos cómo la insanía, la irresponsabilidad de ciertas gentes por el lío artificial inventado por las ambiciones de las comunidades de Puquio, habían producido sus maléficos efectos: estaban destruídas las construcciones, los muros incas no existían más. Apenas podían notarse huellas del muro circular, pues habían sacado las piedras para tapiar sectores que reclamaban como propios. Esta excursión fue para mí una de esas experiencias inolvidables, gratas. Admiré, una vez más, la fortaleza de Leandro, que hacía buen tiempo ya, había superado la barrera de los ochenta años.
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He recibido la noticia de que el viejo Leandro ha completado su peregrinaje terreno y ahora pertenece a los espacios infinitos de la eternidad y la historia. En esas insondables realidades, se habrá encontrado con mi papá, con don Fermín, con los compañeros de todos los comités de trabajo y, de seguro, estarán planificando nuevas acciones para el progreso y el desarrollo del pueblo. Para esto, cuentan - como en los mejores tiempos -, con los más calificados arquitectos, constructores, maestros de la piedra. Aquí están, por supuesto, los Buque padre e hijo, Sánchez Cerro, Calixto Quispe, Ignacio Inca y mil nombres más.
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Su lamentable deceso ha ocurrido en Lima. Sus hijos han entendido que una persona que ha querido tanto a su pueblo, reclamaría siempre el calor de su tierra, cómo podría descansar en lugares ajenos. Por eso, rindiéndole el más afectivo homenaje, lo han llevado a Andamarca. Su tierra madre lo cobija ahora. En su última morada, están creciendo los qantus protectores, cuyas flores moradas le prestarán fraterna sombra, como dice el verso quechua.
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Viejo Leandro, descansa en paz.
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CHUPACHAN:
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… ¿Y el minihospital?, me preguntan…
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Es cierto. Se ha vivido tiempos oscuros, el pueblo ha atravesado una nebulosa extremadamente perjudicial. Los años de la presencia subversiva solamente trajeron destrucción. Pero ello no puede borrar la gravísima responsabilidad de quienes, siendo autoridades y obedeciendo no sé cuáles criterios, en la etapa del llamado “repoblamiento”, decidieron construir el local del Centro de Salud en el parque público situado entre las cuadras ocho de los jirones Alfonso Ugarte y Jorge Chávez, EXISTIENDO EL TERRENO DONADO POR DON CIRIACO SOLAR y hasta un Plano para dicha obra necesaria. ¿Qué fue de dicho terreno, a qué fue destinado?... Silencio absoluto.
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El problema que vive la Pontificia Universidad Católica de Lima tiene su raíz en cuestiones de herencia. Cuando se otorgan este tipo de donaciones, quienes regalan, ponen condiciones claras, básicas, sine qua non. Don Ciriaco Solar donó su terreno para que en él se construyera un Mini Hospital público, que sirviera al pueblo. Igual que en el caso de la Católica, los sucesores de la familia Solar podrían reclamar judicialmente la devolución de su bien, porque no se ha cumplido la condición fundamental, la voluntad clara y precisa del donante, pues es evidente que no se ha construido ningún centro asistencial de salud en su terreno.
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El mejor homenaje al viejo Leandro, el último patriarca del pueblo, sería revertir esta injustificable situación.
viernes, 6 de abril de 2012
NUESTRA SEMANA SANTA

Claro que nos hemos ganado un sobresaltado despertar. Mi hermano y yo hemos recibido la orden de dejar la cama más temprano que nunca. Los otros días, mi papá nos pasa la voz, despertamos despacio y mientras nos vestimos, vamos notando el clarear del nuevo día y escuchando el canto de los pajaritos. Ahora no, parece medianoche nomás. Todo es diferente, algo raro está pasando. La velita está encendida y mis padres como que se aprestan a salir. Abro mejor los ojos y encuentro gente extraña en la habitación. El visitante es el inefable don Fermín Miranda, mi padrino. Apenas lo saludamos, nos dice que ha venido a recordarnos nuestra obligación: ayudar al Señor en su lento y doloroso martirio.
Es la madrugada del Viernes Santo. Anoche, estuvimos hasta tarde en la Iglesia porque mi abuelita, que ha llegado de Puquio su estancia natural, es infaltable para los rezos y ceremonias religiosas. Preocupada porque aprendamos buenas costumbres, nos ha enseñado las principales oraciones y cómo íbamos a faltar a la Iglesia en estos días de Semana Santa.
Previo zalamero palabreo, como es su característica, mi padrino nos invitó a arrodillarnos ahí mismo, al pie de la cama y, sin más preámbulos, nos propinó tres latigazos “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén”. Era nuestra modesta contribución, nuestra pequeña ayuda al Señor que en esos precisos instantes estaba siendo azotado y martirizado por los malditos judíos. Después del tercer vergazo, nos hizo besar la cruz que remataba el asa del látigo trenzado con cuero de vaca compuesto por tres delgados ramales que se encargaban de multiplicar el dolor. Las lágrimas se atropellaban por brotar, pero había que aguantarse y claro que debo tragarme también la completísima requintada contra el verdugo. Al final, me queda la satisfacción de que ayudo al Señor, a quien, por eso mismo, le debían doler un poquito menos los castigos de esos abusivos que lo tienen preso.
Un rato más y ya estamos en el templo, siempre con mi abuelita, rezando por nuestros pecados, en esta madrugada de Viernes Santo. A inmediaciones de la puerta, existe una Cruz de madera de gran tamaño. Dicen que viene todavía desde los primeros episodios de la presencia española en Andamarca. Efectivamente, la añosa Cruz muestra los rigores del tiempo ya que, por ejemplo, el ancho de los brazos no está completo y no mantiene proporción con el poste central. Un atado de flores bastante marchitas pende en la parte superior de la cabecera, sujetada por un hilo ya sin color.
Me alegré al comprobar que no fuimos los únicos azotados ese día porque mi padrino seguía dándose un festín con el látigo, ahora más grande por supuesto, porque todo Andamarca estaba aquí. Hombres y mujeres venían a rezar y ayudaban voluntariamente al Señor postrándose de rodillas ante la Cruz. Claro que mis padres también cumplieron su penitencia. “Dios Yaya, Dios Churi, Dios Espíritu Santo Amén”, repetía la jaculatoria al propinar los latigazos y, mientras retornaba a casa, se me fijó esta curiosidad ¿”y quién le habrá hecho ayudar a don Fermín o es que el muy ladino estaba pasando “piola”?...
Cumplida la penitencia, los notables del pueblo iban haciendo grupo para hacer libaciones con la “hiel del Señor”. Habían preparado un trago especial, de color verde oscuro, a base de caña de Pampatama y el molido de distintas hierbas muy amargas, con propiedades especiales, recogidas para esta ocasión. También estas libaciones eran cumplidas con la intención de “ayudar al Señor”, en recuerdo de la esponja humedecida en bazofia, fija en la punta de una lanza, que el soldado puso en su desfalleciente boca. Claro que, en la mayoría de ocasiones, los caballeros acostumbraban prolongar la sesión que, naturalmente, se convertía en una simple tranca de media semana.
La comunidad andamarquina, ha vivido intensamente, con penitencias y ayunos, la Santa Cuaresma desde el miércoles de ceniza, día en que se remataron con todo fragor las especiales fiestas de carnaval. Los días lunes, martes y miércoles de esta Semana Santa, la feligresía se ha reunido en el templo desde las 7 de la noche a rezar el Via Crucis, bajo la guía de los maestros cantores, que se ayudan con el desvencijado melodio, cuyos enmohecidos pedales acompañan con un ruido característico. Estas reuniones, fácilmente han llegado hasta medianoche. Los días Jueves y Viernes Santo, en cambio, el Templo permanece abierto durante toda la noche y los guías de la devoción popular no descansan hasta la aurora del día siguiente. Estos mismos días, a las tres de la madrugada, salen las diferentes procesiones a recorrer el perímetro de la plaza de Armas escenificando recuerdos transmitidos de generación en generación, como el Encuentro de Jesús con su Santísima Madre, camino al Calvario.
Lo que resulta inédito, realmente extraordinario, es que todas estas acciones de acercamiento al Misterio de la salvación cristiana, se cumplen sin la presencia de un Sacerdote. Como Andamarca nunca tuvo Parroquia, los sacerdotes venían muy de vez en cuando a presidir los oficios religiosos. El llamado a atender a la feligresía andamarquina es el Párroco de Cabana y, cuando le es posible, sabe visitarnos después de haber cumplido con los fieles de Cabana y Aucará. Solamente el sacristán y los cantores encabezan las oraciones y ceremonias aprendidas de los misioneros redentoristas, y la feligresía participa con el mayor recogimiento.
La asistencia a estas reuniones está conformada casi en su totalidad por hombres, mujeres y niños del sector conocido como “la gente indígena”. El castigo físico con el látigo es aceptado sin reticencias y es aplicado sin excepciones, en diversas circunstancias: cuando el padrino llama la atención a los ahijados, en los velorios de difuntos, los miércoles de ceniza, etc. Los mestizos sólo aparecen el Viernes Santo por la madrugada y el Domingo, para la Misa de Pascua de Resurrección.
Sobrecoge el fervor de los fieles en estos días. El Viernes Santo, los Mayordomos, los Prebistes y las Muñidoras visten de riguroso luto. Las oraciones y las canciones son dichas exclusivamente en quechua por los cantores y sus ayudantes. Por supuesto que las melodías son propias, inéditas y son conservadas en la memoria de envejecidos cantores que repiten salmos completos, inclusive en latín. Los Misioneros y Evangelizadores vertieron en versos quechuas las oraciones católicas, adaptando entrañables hayllis y harawis nativos que estremecen hasta las lágrimas.
domingo, 18 de marzo de 2012
MI AMIGO VITACO

Definitivamente, el día de hoy estalla a raudales su mejor inspiración y sus manos alcanzan insospechadas cumbres. Hace ya tantos días, - ni los recuerda ni le interesa contarlos -, que está construyendo una casita a su gusto y a su medida. Unas veces hasta procura venir más temprano, casi ni sorbe la humeante lawita-sopita que la solícita madre le sirve, se pasa enteritas las pocas alverjitas y los pedacitos de papas que vienen en el plato. A la carrera, se carga el atadito con el mote y el puspu (haba tostada sancochada) para el doce y sale volando porque sólo le interesa llegar a su obra.
Y, aquí está la obra. Cómo le gustaría mostrársela a su mamá, cuán orgullosa estaría. Sobresaltado, enormemente turbado por la emoción, no encuentra comodidad ni calma. Ya se sienta en el suelo, ya se para, ya se arrodilla buscando la mejor posición para contemplar el resultado de tantos días de fatiga y de preocupaciones sin descanso. Aquí está su casita, con su corralito para las ovejas, qué bien pircaditos están los muros. Casi al centro ha dispuesto la cocina y en el cuartito contiguo que es más largo, guardará la leñita y a un costado tenderá cada noche su cama: dos cueros de llama sobre el piso. Cubrirá su desnudez con algunas raídas frazadas y ponchos que ya han olvidado su edad pero que así: rotositas, gastaditas, sin color, todavía siguen abrigando cariñosas a Vitacha, don Vitalino Huamaní Ramos, el orgulloso arquitecto constructor que está culminando su mayor realización.
Vitacha, como lo conocemos en el pueblo - Vitaco para su mamá -, es un jovencito que a ojos de buen cubero no pasa de los doce años, vive con su madre en una humilde casita, con techo de ischu, de dos ambientes apenas. La puerta a la calle es un murete de piedras con dos o tres gradas de acceso. Una quincha de espinas secas de tantar kichca sirve como el candado que avisa si los dueños han salido. Cuando la quincha descansa apartada, paradita a un costado, entonces hay gente en casa y los visitantes podrán anunciarse, aún cuando casi siempre está vacía. Desde muy temprano Vitaco se va a sus ovejas y la madre debe ganarse el sustento ayudando a otras señoras en diversos quehaceres como ventear el trigo, la cebada o las habas. Otros días va a almear maíz, o a cosecharlo, en fin. Si ha estado en el ordeño de las vacas de alguna vecina, entonces es posible que se lleve una bolita de quesillo y algún baldecito con suero.
Vitaco, en cambio, se irá derechito a la casa de don Serafín, uno de los mistis del pueblo, que tiene hartas vacas, gallinas que andan por los patios, dos caballos de montar y un hato de ovejas que a diario debe conducir a la zona de los mojadales baldíos en las afueras de la población, para que se alimenten. Cuando el sol esté ya ocultándose, ordenará el retorno. A veces estos traslados son normales, pacíficos y Vitaco se anima hasta a silbarse alguna cancioncita que recuerde. Pero, en otras ocasiones, el asunto se vuelve bravo, peliagudo, y le hace encolerizar. Sucede que al borrego jefe se le ha ocurrido variar de ruta y quiere meterse en chacras ajenas. Entonces, Vitaco esgrimirá su huaraca procurando poner orden con altas voces de mando:
- Chita, carajo, yanqataq, carajoymierda carajo, mapas cay chitata carajoymierda carajo.
Otros días se encuentra con otros pastores y las chitas se entropan. Entonces la jornada se cumplirá con tareas y juegos compartidos, alternándose en el control de los animales. Pero, si los otros devuelven dos o tres veces a las ovejas díscolas, a Vitacha le ordenan muchísimas veces más, así de abusivos son con él, lo hacen correr más.
Esto de ser pastor de ovejas parece asunto sencillo, pero aparte de las alegrías propias del contacto con los animales y las campiñas, se vive también experiencias bastante pesadas. Vitaco llega temprano a la casa de los patrones, - entra por el zaguán por supuesto -, es la hora en que los “niños” están preparándose para ir a la escuela, tomando sus desayunos. A veces, la señora le alcanza un pancito y le sirve una tacita de quaker, otras veces no está y solamente la cocinera le regala un pocillo con lawa. Otros días no hay nada, sólo le queda abrir el zaguán y salir con sus ovejas. Como ya conocen el camino, no hace más que seguirlas pero debe ir ubicando los destinos más favorables porque si ya han estado varios días en un determinado lugar, los animales no van a encontrar comida y van a escaparse buscando alfalfares o sembríos verdes. Basta que uno de ellos nomás salte el muro, las demás le siguen y ocurre la tragedia, se cae el mundo. Los dueños de las chacras dañadas demandan al patrón y éste, además de la sófera carajeada a Vitacha, va a seguirle sumando el costo de los perjuicios con su respectiva yapa, por supuesto. Hace unas semanas, los carneros invadieron un cerco de alfalfa en brote. A duras penas logró sacarlos pero ya había varios con huicsa punki (hinchazón de panza). Sucede que estos alimentos a veces taponan los conductos respiratorios y los gases estomacales no encuentran salida, se embalonan y asfixian al animal. Claro que el patrón simplemente suma el costo del borreguito muerto. El caso es que Vitacha ya ni sabe cuántos años más tendrá que seguir pasteando las ovejas para pagar sus cuantiosas deudas.
Desde hace un buen tiempo ha preferido venir a esta quebrada, en la cabecera de Poqa, porque los bofedales tienen regular producción de gramillas y las ovejas están más tranquilas. El lugar está bastante alejadito del pueblo, hay que caminar un poco más, pero está más seguro porque felizmente no vienen otros colegas pastores. Aquí ha ubicado un corredorcito casi escondido, relativamente amplio y protegido por piedras grandes, donde ha construido esta su monumental obra: la casita cuya imagen le ha venido persiguiendo aún en sus sobresaltados sueños.
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- Manam aypanchu, achcata apamunki qollqeta, manam aypanchu chaynikiqa. (No alcanza, tienes que traer bastante plata, eso que tienes no alcanza).
Don Julián Puno ya le había repetido varias veces la advertencia, pero Vitacha seguía mostrándole tembloroso, las dos moneditas de veinte centavos que había guardado como su mayor tesoro durante tanto tiempo. Con el rostro suplicante, desencajado, le señalaba al comerciante el juguetito que quería llevarse con sus monedas.
Julián Puno conducía el mayor establecimiento comercial del pueblo, el más surtido. Hacía algunos años había llegado de su natal Sicuani y había establecido una pequeña tiendecita en una de las esquinas del céntrico Jirón Lima. El mote de Puno se lo había regalado el pueblo, porque al principio sólo ofrecía pequeñas chucherías procedentes del sector puneño, como polvos de colores, espejitos, bolitas de cristal, agujas, ojotas de jebe, en fin. En poco tiempo supo surtir su negocio de manera que se convirtió en el almacén de la comarca. No sólo vendía abarrotes, alimentos, también ofrecía prendas de vestir. Sus vitrinas reventaban de hilos y cintas de seda, y cómo iban a faltar los juguetes. Hace dos días que ha rellenado sus mostradores con la mercadería recién llegada de Lima a donde acostumbra viajar con frecuencia. Las señoras ya se han pasado la voz sobre las novedades traídas y los chicos están sobresaltados con tanta juguetería que despierta sus apetitos.
Nadie sabe cómo, también Vitaco se ha aparecido por aquí y se ha quedado absorto, mudo, atontado con el caballito de cuerdas que don Julián hace caminar de rato en rato para convencer a su clientela. Y, de tanto venir a ver el caballito, - apuradito, después de entregar sus chitas -, le han entrado unas ganas irrefrenables de llevárselo consigo. Qué bien se vería al caballito en el amplio corral de su casa de Poqa. Claro que cuando la planificó y construyó, sólo pensaba en las chitas, pero no habrá problemas ahora para hacer la ampliación necesaria. Algunos días, tendrá que jalarlo y tenerlo parado en la puerta de su casa, igual que el caballo ensillado de su patrón, allá en el pueblo.
Al principio ni había reparado en el caballito, pero poco a poco le ha ido ganando la curiosidad, después el deseo y ahora la necesidad de llevárselo consigo. Por eso, ha abierto su escondite más sagrado en busca de la añosa cajita de fósforos que guardaba su enorme capital. Una vez, - hacía ya cuánto tiempo -, venía por la calle central detrás de sus chitas y advirtió algo raro y brillante en el piso y, al alzarlo, se encontró con una monedaza de veinte centavos, que fue su primer capital. Lo admiró sin descanso durante días y después lo guardó en el hoyo más inubicable del mundo. Mucho tiempo después, una señora le pidió ayudarla con algunos bultos, y como pago le regaló otra monedita también de veinte centavos. Entonces sí, supo que alcanzaba el cielo con tanto dinero que guardaría con el mayor celo para siempre. Pero, ahora, no queda alternativa, tiene que llevarse el dichoso caballito. Con gran cuidado y mayor emoción se hizo de sus monedas y, temblando, se acercó a don Julián y valiéndose de su escaso lenguaje, sólo con señas casi, le pidió el juguete.
Pero este don Julián no le hace caso a su dinero. Vitaco no lo puede creer, piensa que se está equivocando el señor, que tal vez no se ha dado cuenta de toda su plata. Aún ha tratado de perseguirlo y convencerlo, pero ya el comerciante se le ha escapado.
Ahora siente cómo poco a poco se le va derrumbando el mundo, se van cerrando las cortinas de la ilusión y la esperanza, y se le van terminado las fuerzas. Qué lindo sería morirse ahora, flotando en el aire libremente, sin destino ni final. La saliva amarga y escasa lo envenena, el corazón late con descontrol y el aturdimiento general lo ha vencido. Le han entrado unas inmensas ganas de llorar, calladito, sin que a nadie le importe, llorar y llorar hasta que se acaben todos los días y todos los meses y todos los años. Las personas que iban entrando al negocio ni cuenta se daban de la tragedia de Vitacha. Algunos, ensayaban jugarle alguna broma, pero él no les oía, no los veía, no los sentía, había perdido toda noción de realidad y sólo ansiaba desaparecer, hacerse nube, hacerse aire, no saber, no sentir. Yo recuerdo clarita la escena. Había venido de la escuela donde cursaba el tercero de primaria y, como solía hacerlo con frecuencia, ya estaba en la tienda del Puno, mi vecino. Quise saludar a Vitaco pero viví su enorme drama y supe cómo no le alcanzaba el cuerpo para tanta tristeza. Entonces conocí que el dolor es tan malo, tan cruel, tan maldito. Con mis nueve años, sentí la impotencia de no poder ayudarlo. ¿Cómo lo haría, dónde encontraría el dinero?. Si le pedía a Julián que me fiara el caballito, se lo iba a consultar a mi papá y por supuesto que éste no lo iba autorizar… Recurrir al chanchito de los ahorros…, pero si apenas tenía un solcito que me había regalado el padrino Leoncio la última vez que pasó por aquí. Tal vez pudiera convencer a mi mamá, pero nunca iba a permitir que después le regalara el juguete a Vitacha. Nadie tendría que verme cargándome angustias ajenas, pero sentí perder todo aliento, cayendo en un infinito desánimo. Aturdido, sólo atiné a meterme en mi huerta y no sé ni cuánto tiempo estuve sentado al pie del manzano floreciente, no sé si habré llorado, cuando desperté tenía el pecho mojadito y el corazón repleto de tristeza.
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- Masaykis huañucun cunan tuta. (Dicen que tu yerno ha muerto esta noche).
Mariacha, la hija de la tía Laura, con quien habíamos crecido en nuestros juegos y en nuestras ilusiones de niños, me soltó la noticia casi sonriendo, en la calle. Tardé un buen momento en saber de quién se trataba, porque jodida como es, no sería raro que me estuviera jugando alguna de sus bromas para carcajearse a mis expensas.
- ¿Maiqen masaytaq huañucunman carqa, manachu onqoqtaqa yacharanichu?...(Cuál de mis yernos pudo haber fallecido, no supe que alguno estuviera enfermo).
- Masayki Vitacha yá. Apita micuspas, huicsa nanaywan wañurun cunan tuta. (Tu yerno Vitacha, pues, dicen que esta noche ha muerto con cólico por haber comido mazamorra).
- Un ángel más en el cielo, - pensé en mis adentros.
Un ángel más, que habrá llegado al cielo con su eterna sonrisa y estará enseñando a los otros angelitos la casita que había sabido construir. Y, claro que es un ángel en el cielo, porque jamás hizo mal alguno, siempre vistió su blanca inocencia. La madre le llevaba a la Escuela año tras año con su descolorido bolsoncito para el cuaderno y el lápiz, pero encontraba la misma recomendación de los maestros: le decían que Vitacha no había venido con la capacidad completa, que era ampicha, zoncito, que no aprendería a leer y que mejor ya no lo mandara. Y, por eso, como era crecidito ya, había aceptado que entrara a pastear la ovejería de don Serafín.
Conforme avanzaba en edad, Vitacha ya se había convertido en una figura popular. Todos buscaban jugarle bromas, le provocaban para que hablara algunas incoherencias que les parecían graciosas. Siempre estaba sonriendo. Alguien le había enseñado a defenderse cuando lo molestaran más de la cuenta, soltando a sus ofensores un montón de carajoymierdacarajo en una cadena sin fin. Después, cuando llegó a ser mayorcito, le empezaron a fastidiar con las pasñas (jóvenes) casaderas y buenamozonas . No faltó quien le enseñó a responder jactándose como el yerno:
- Masaykim cani, carajoymierdacarajo, yanqataq carajoymierdacarajo.(Yo soy tu yerno, carajoymierdacarajo, mucho cuidado, carajoymierdacarajo).
Por supuesto que en poco tiempo se había convertido en el yerno del pueblo.
Por esos años, quisieron enseñar a leer y escribir a la gente mayor, que ya no podía ir a la Escuela. Los instructores los reunían en determinadas casas cuando el sol ya se había ocultado. Claro que matricularon a Vitacha quien acudía entusiasta después de guardar su rebaño. Necesitaban hartos nombres de participantes para demostrar que sí estaban trabajando. Y todos los días lo veía usted, empeñado en conocer las letras de su abecedario y en dibujarlas en su cuadernito. No se agotaba la imaginación de los palomillas del pueblo que se hacían sus amigos y le jugaban hasta bromas pesadas, aprovechando su especial condición. Un día, ese Chapaco, el pape Avicho y el taqla wasa lo habían instruído y convencido para que se apareciera donde sus patrones a decirles que ya sabía leer. La señora, picada en su curiosidad, le pidió demostrárselo. Vitacha, orgulloso leyó en su cartón, señalando los caracteres con los dedos, separando bien las sílabas y entonándolas como en la escuela:
- Car-ca si-ra-pin. (Sucio sirapin).
La señora que no entraba en vainas, se arrebató y terminó dándole un lapo al pobre Vitaco. El pueblo conocía a su marido como Sirapin y le endilgaba la virtud de ser roñoso, tacaño y egoísta.
Los días y los meses siguieron amontonándose sin descanso, al pueblo le tocó vivir sucesos increíbles e injustificables. Mucha gente se tuvo que ir para defender sus vidas, pues nadie estaba seguro de amanecer ya que aparecieron unos supay que mataban a los cristianos como si fueran moscas, sin motivo alguno. Vitacha siguió avanzando en edad y, como ya no tenía el rebaño ajeno desaparecido, tuvo que aprender a defenderse haciendo labores del campo, en su condición de hombre adulto.
*********************
Son días de Navidad y, aún cuando ya estamos saturados de esta ruidosa parafernalia comercial que reduce tan bonita fiesta a florecimiento de los grandes negocios en tiendas y mercados, no hemos podido evitar sin embargo que, a veces, nos gane alguna curiosidad y renazcan ilusiones que creíamos enterradas.
Mirando unas aparatosas vitrinas llenas de luces, recordé a Vitacha. Lo ví tan nítidamente, alcanzando tembloroso sus cuarenta centavitos a Julián Puno. La escena era la misma, pero esta vez, quien acariciaba con angustia los tres billetitos envejecidos y de poco valor, era yo mismo, preguntándome cómo haría para que alcancen y sean suficientes para llevarme ese adminículo que tanto necesito. Y, como aquella vez, sólo quedan espacios para la angustia y el desconsuelo.
De una esquina, me está mirando Vitaco con sus lágrimas silentes y, como en la tienda del Puno hace treinta años, algo se ha vuelto a romper muy adentro y, nuevamente, ríos de lágrimas se están atropellando para salir… De alguna radio lejana, se escucha este cantar:
“Se ha muerto la tristeza,
ayer yo la enterré,
entre las verdes malezas,
para siempre la dejé…”
Nadie lloró por ella,
Ni su triste soledad
Ni sus lágrimas amigas:
En su soledad quedó…”
lunes, 27 de febrero de 2012
LAYQADAS MISTERIOSAMENTE CURIOSAS

Un sentimiento de emoción general rebalsa los muros del pueblo. Un año más ha caminado y, de pronto, las delegaciones de los clubes organizados en ciudades de la costa ya están llenando de color las calles y plazas del pueblo. Los andamarquinos tienen la virtud de buscarse y juntarse en los lugares donde les toque vivir. Organizan sus maneras de convivencia, participan en sus fiestas familiares, y – cómo no -, solemnizan con todo las celebraciones tradicionales al puro estilo de la santa tierra. En Navidad, que es la Fiesta del Niño Víctor, las plazas de Lima, o de Ica, o de Cañete, o de Mala o de Chilca han acogido el sabor y el color de las costumbres y las ritualidades, al mismo estilo de Andamarca. Los clubes o asociaciones de significación local, cuentan ahora, con filiales en dichas localidades y acostumbran realizar visitas al pueblo madre en oportunidades significativas. Estas organizaciones, pequeñas al principio, tienen ahora una personalidad que los distingue, crece el número de sus asociados y la calidad organizativa es de primera. Cuentan con Estatutos, eligen su Junta Directiva, y demás. Han llegado las Fiestas Patrias, y es la oportunidad para vivir el más caracterizado campeonato de futbol del mundo.
Desde el 20 de Julio de cada año, Andamarca vivía los diez días futboleros más intensos de la historia, porque un mínimo de 20 equipos disputaban el preciado Título, en una sola cancha, guerreando todos contra todos. Era necesario programar no menos de diez partidos diarios, de una hora de duración cada uno y las intensas jornadas no paraban un minuto, desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. No resultaba extraño que según el rol de encuentros, algunos elencos jugaran dos y hasta tres partidos en el mismo día. Todo el pueblo se trasladaba a Millopampa, el barrio donde se ubica el Estadio. Todavía no había Televisión ni celulares ni internet, de manera que las andamarquinas cumplían con calidez sus responsabilidades; pero durante este período, iban a ordeñar sus vacas de madrugadita, así como los varones a resolver los quehaceres de la chacra. A la hora convenida, todos estábamos corriendo tras la pelota o alentando a nuestros representativos. Quien llegaba a Andamarca en estos días, encontraba casi un pueblo fantasma, apenas algunas viejitas asomaban en el umbral de sus casas. Había que llegar al extremo norte para advertir la enorme algarabía popular.
Algunos años estuve a cargo de la Liga de Fútbol y organizamos los torneos de mayor nombradía, y ello fue posible porque se contó con un personal decidido a cumplir sus funciones con enorme responsabilidad y contracción.
- Yau, don Carlos. Imaynataq kay. Alcaqa allinchachiki au?. Chay pelota qaytaqkunaqa Alcallapapichus casqa?... (Oiga don Carlos, ¿cómo es esto?... La (sra) Alca debe ser buenaza, no?... Porque me parece que los futbolistas están donde ella nomás...
- ¿Imaynampi?... (¿Cómo así?).
- Manaraq carrumantapas allintaqa uraycamuchcancuchu, Alcapaman defrente pasancu. ¿Llapallantachu Alcaqa ganachinqa?.. (Ni siquiera han terminado de desembarcar del carro, directo se van donde Alca… ¿Será que Alca les va a hacer ganar a todos?)...
Efectivamente, quienes no las tenían todas consigo eran los responsables de los clubes contendientes, sobre todo los venidos de la costa. Había quienes llegaban dos o tres días antes de la inauguración para ver el tema logístico, pero sobre todo para solicitar sesiones especiales con Alca.
Alca, era el apelativo de una mujer un poco mayor, con un ojo malogrado y que tenía la fama de ser entendida en las artes ocultas del chamanismo y los pactos secretos. También hacía curanderismo. Si se perdía el animalito…, directo donde Alca, quien hacía el seguimiento con sus aditamentos especiales, y te orientaba para ubicarlo o pescar a los ladrones. Claro que tampoco faltaban los amarres, los pagos de amores no correspondidos y los arreglos de la suerte. Todo esto era parte del run run popular. Desconozco los grados de aciertos, resultados felices o fatales.
La oficina de Alca, pues, se colmaba de visitantes en estos días deportivos. Todos iban a lo mismo: a que Alca les haga un trabajito secreto para que su equipo de fútbol triunfe sin reparos, lo cual involucraba la necesaria derrota del rival. Alca, igual: les hacía los trabajitos a ambos y todos felices. Inclusive, los representantes intercambiaban opiniones en la antesala, aún cuando les tocara enfrentarse horas más tarde.
- ¿Cuánto te está cobrando la señora, creo que me está agarrando…?
Alca, pues, hacía su agosto en julio, habida cuenta que no se daba abasto para tanta demanda. Para potenciar el vigor y la habilidad de los jugadores anulando los de los rivales hacía sus invocaciones misteriosas con zahumerios especiales, les vendía pócimas secretas, amarraba cabellos o fotografías…, en fin. Después tenía usted a los solicitantes en difíciles afanes: a los unos tratando de enterrar misteriosos ataditos en inmediaciones de los arcos y a los otros, tratando de descubrirlos.
La curiosa pregunta me obligó a proveerme de la mejor información que pude conseguir. Al final, sólo quedaban espacios para la incrédula sonrisa. Me vino a la mente, muy clarita, la sabia frase de “Pepe Melgar el Aborrecido Faraón Huanca”, mi inolvidable amigo, que manejaba estadísticas contundentes:
- En el Perú, nacen 150 personas por día, el 15% muere por enfermedades antes de cumplir los quince años, y de ese 85% que queda, ¡TODITITOS SON COJUDOS!...
Era innegable que dicha mujer: analfabeta, supuestamente ignorante, tenía la admirable capacidad de convencer a sus visitantes, les contaba la misma historia y – lo más importante -, les cobraba a todos. Sobre los resultados, bueno…, es sabido que los del glorioso Club Juventud Alianza Andamarca nunca recurrimos a estos menesteres, nunca pasamos por estos consultorios y salíamos campeones absolutos año tras año, con todas las de la ley.
- ¿Ymaynataq chay, llapallantachu ganachinqa, manachu pipas pirdinqa llapallan ganaruptinqa?.. ¿Qukmanchús…?... (¿Cómo es eso, va a hacer ganar a todos, y entonces nadie va a perder…? ¿Qué raro, no?).
El recuerdo me vino cuando en el mes de noviembre pasado tuve la oportunidad de exponer algunos conceptos sobre el proceso de preparación de los Danzantes de Tijeras en Andamarca. La Asociación de Danzantes de Tijera realizó entonces su II Congreso Nacional en el Museo de la Nación de Lima y concurrí como invitado integrándome a la Delegación de la Asociación de Danzantes APU AQAYMARKA. En el pequeño conversatorio posterior, se planteó el tema de los dansaq que dicen tener la capacidad de “amarrar” al rival con artes ocultas. Los maestros dansaq y sus músicos refieren hasta increíbles experiencias vividas personalmente. Maestros músicos que hacen reventar las cuerdas de los instrumentos de los contrarios o dansaq que llegan a inutilizar al rival produciéndoles accidentes, etc. El mismo Cirilo Inca, el andamarquino dansaq insignia, ha referido que, todavía adolescente, tuvo que bailar en una plaza grande sustituyendo ocasionalmente a su tío y maestro Daniel Inca, porque sin mayor causa, había amanecido con las manos atadas, inutilizadas a punto tal que ni siquiera podía calzarse los guantes. Refiere Cirilo que su tío y mentor aceptó el problema, recurrió igualmente a sus conocimientos y, salvada la emergencia, pudo continuar su trabajo artístico con normalidad. Se suele comentar que estos conocimientos ocultos son de diversos niveles y que algunos maestros se vuelven casi invencibles porque ingresan a estos terrenos vedados por la ética y el valor abierto. Cuando en los atipanacuy asoman ciertas dificultades injustificadas, los contendientes advierten la presencia de estos artificios, y suelen enviarse mensajes:
- Ama cachillawan, negalchata qonaycukusun, danzaqmi canchik, manan layqachu. (Sin artes ocultas, vamos a rivalizar con legalidad, somos dansaq, no somos brujos maleros).
Estos conocimientos secretos pertenecen a su legajo personal y es muy difícil ingresar en sus campos. En consecuencia, no es posible explicar fenómenos que tal vez exploten capacidades paranormales y sicológicas. En el mismo evento de noviembre, se escuchó la denuncia de un viejo maestro de la escuela huancavelicana quien descalificó abiertamente a otro rival:
- Tu no eres dansaq, - le dijo -, tu simplemente eres un layqa, practicas la brujería.
Otro tema, muy diferente y de positivo cariz, es el que concierne a los maestros curanderos. Poseen conocimientos transmitidos de generación en generación y obtienen resultados sorprendentes cuando enfrentan enfermedades, utilizando elementos de la madre naturaleza como las plantas con propiedades, piedras o metales traídos de lugares muy especiales. Pero, bueno, esto es harina de otro costal.
El tiempo ha pasado… Mucha agua, gritando bajo los puentes, se ha ido a destinos sin retorno. En alas de recuerdo y la añoranza, estoy viendo a la vieja Alca, - ahora ya en los reinos de la eternidad -, frotándose las manos porque ya llega julio deportivo y empiezan las visitas especiales.
jueves, 12 de enero de 2012
HISTORICAS CURIOSIDADES

“El primer acuerdo que con el más efusivo beneplácito adopta el nuevo Concejo Distrital en su sesión de instalación, es expresar su más cálido testimonio de reconocimiento al Gobierno del eminente estadista Dr. Don Manuel Prado y al Diputado de la Provincia Sr. Calle Escajadillo, por la creación del Distrito Carmen Salcedo”.
El texto procede del Acta de la “Sesión Solemne de instalación del nuevo Concejo Distrital de Carmen Salcedo realizada el día 5 de Junio del año de 1944”, documento forjado por el intelectual puquiano don Serafín Montoya, representante de la Municipalidad provincial de Lucanas Puquio, en el histórico acto de inauguración del nuevo Distrito de Carmen Salcedo, Andamarca. Culminaba por fin el tediosísimo proceso de distritalización de Andamarca. Pocos pueblos habrán vivido experiencia tan singular: esperar más de 16 años para que una norma legal aprobada en el Congreso alcance su nivel de ejecución.
Recordemos. El sistema republicano inaugurado el 28 de Julio de 1821 con la proclamación de la independencia del Perú empezó a ordenar políticamente al país. Durante la égida española, nuestros pueblos habían sido repartidos en Corregimientos y Encomiendas. El Virrey gobernaba la enorme colonia en nombre del Rey de España. Sus indiscutibles disposiciones abarcaban todos los aspectos de la organización humana. En tal virtud, por ejemplo, alrededor del año 1570 el Virrey Toledo ordenó las Reducciones de pueblos indígenas, medida administrativa que obligaba a la población nativa a concentrarse en pueblos organizados sobre poblaciones originarias. Estos nuevos pueblos bajo la advocación de un santo, trazaron su calles en cuadriláteros, con un espacio central nombrado como plaza de armas, en cuya área necesariamente estaban ubicados los locales de la Iglesia y el Ayuntamiento, antecesor directo de la actual Municipalidad.
No resultó fácil la tarea de organizar a todos los pueblos bajo el nuevo régimen, naturalmente. Por eso, recién en 1857, bajo el Gobierno de Castilla, por ejemplo, se reconoce a Puquio como la capital de la Provincia de Lucanas, procedente del Corregimiento de los Hatun Rucanas. Hasta entonces, el pueblo con mayor preeminencia era San Juan de Lucanas reconocido por ello como la capital de la mencionada provincia. En ese mismo año, se da también rango de Distritos a muchísimos pueblos, entre los cuales se encuentra el distrito de Cabana con la adscripción de Andamarca, Sondondo y Huaycahuacho en calidad de Anexos. Si bien la división en Departamentos y Provincias procedía de los Corregimientos y las Encomiendas españolas con sus Audiencias y Ayuntamientos, la categoría de Distrito fue una invención republicana con la idea de hacer más operativa la administración provincial.
Los andamarquinos siempre nos hemos hecho esta pregunta: Si Cabana fue reconocida como Distrito ¿porqué Andamarca no alcanzó similar rango?. Sin ningún asomo de barato chauvinismo todos los testimonios señalan a Andamarca como la población de mayor nombradía en toda la región. La Visita General ordenada por el Virrey Toledo en 1569 arroja resultados interesantes. Hay 33 Encomiendas en todo el Virreynato y nuestra región LUCANAS ANDAMARCA tiene 2081 tributarios que aportan 8260 ps. en tributos. Los pueblos de Aucará, Cabana, Sondondo, Qeqa, Chipao, Andamarca conformaban la nación de los Rukanas Antamarcas. ¿Cuál de estos pueblos tendría mayor población?. Es fácil sacar conclusiones aún en nuestros días. Hay indicadores que tomar en cuenta: áreas habitadas, áreas de trabajo y de expansión social. Andamarca se había realizado en las enormes ciudadelas de Caniche y Parqacha, además de centros menores como Maqapacha, Yarpu, Ninakiro y otros. Pero sobre todo, la inconmensurable cantidad de regiones saturadas de andenes necesitó sin duda alguna de enormes masas humanas para trabajarlas y mantenerlas en perfecta producción año tras año. ¿Cuál fue, pues, la razón por la que las nuevas instancias republicanas no acreditaron a Andamarca como Distrito?. Evidentemente, ninguna que resistiera el menor análisis. Los andamarquinos simplemente habían vivido muy alejados de estas telarañas arrimadas al nuevo poder y ni conocían y menos les interesaban estos temas.
Recién con la llegada de los inmigrantes procedentes de San Juan de Lucanas se empezó a hablar del asunto y, como no podía ser de otra forma, apenas el representante regional don Manuel Calle Escajadillo, solicitó la inclusión de Andamarca en el grupo de los Distritos, el Congreso aprobó la norma de creación sin mayores dilaciones, todavía el día 18 de febrero de 1927. Desde esta fecha hasta el 21 de Diciembre de 1943 han debido transcurrir 16 años, 10 meses y tres días para que don Armando Montes de Peralta, entonces Presidente del Congreso, decidiera promulgarla ya que ningún Presidente había cumplido con su deber. Recordemos que según nuestro ordenamiento jurídico, una vez que el Congreso aprueba una ley, la envía al Presidente de la República para su promulgación. Si éste considera que la ley no debe alcanzar su plenitud, simplemente la devuelve al Congreso, fundamentando sus objeciones. En tal caso, el Congreso estudia nuevamente su texto para insistir o para darle la razón y mandarlo al archivo. Si decide el primer paso, el Presidente está obligado a firmar la norma y si no lo hace dentro del plazo estipulado, entonces el Presidente del Congreso rubrica la ley y ordena su cumplimiento después de su publicación en el diario oficial El Peruano. En el caso de Andamarca, ninguno de los Presidentes en ejercicio formuló observación alguna a la nueva ley de creación distrital. Simplemente la ignoraron. El asunto es patético con Leguía porque ninguneó olímpicamente a su madre. El caso es que atendiendo algunas “asesorías”, los andamarquinos, aceptaron que su nuevo distrito llevara el nombre de doña Carmen Salcedo, madre del aludido gobernante. Se trataba de un homenaje perpetuo a una dama que nunca conoció ni menos escuchó noticias de pueblo tan especial. Tampoco los andamarquinos supieron algo de esta señora. Pese a tan sonoro desplante, el Distrito sigue llevando el apelativo. Cambiar el nombre en circunstancias tan complicadas, hubiera significado la necesidad de aprobar una nueva ley y después de tanta espera ¿quién estaba con ganas de más ajetreos y trámites?.
La segunda pregunta surge espontánea: ¿Qué intereses obligaron a Leguía, Billingurst y Manuel Prado a incumplir sus deberes durante tan prolongado lapso?. ¿Quién ganaba y quién perdía con el cambio de rango de Andamarca, a quién le afectaba que pasara a ser Distrito de la nación?. Con toda sinceridad, no creo que tal bloqueo haya procedido de lares cabaninos. Es cierto que en su condición de Anexo de Cabana, Andamarca cumplía algunos deberes allí, como faenas ordenadas por sus autoridades. La calle principal de este pueblo, fue trabajada y empedrada por los andamarquinos en virtud de dichas posibilidades, calle que, por cierto, ahora luce cubierta de cemento. Atribuirle a los amigos cabaninos poder para influir sobre tres presidentes es un exceso, porque simplemente carecían de los argumentos logísticos para ello. ¿SE movieron entonces, otros intereses?... Es evidente.
En Puquio funcionaba una Junta Provincial dedicada a defender a los Indígenas, recibiendo las quejas de quienes hubieran sido víctimas de abusos sociales o económicos. Recordaremos que el Dr. Víctor Manuel Arguedas, padre de José María nuestro hermano mayor, fue miembro conspicuo de esta Junta, juntamente con el Dr. Andrés Huguett, el cura Salas y otros. Conservamos, por ejemplo un Acta dando cuenta de las quejas de numerosos indígenas de Andamarca sobre abusos, precisamente, de don Manuel Calle Escajadillo que el año 20 ya era Diputado Regional. En sus sesiones, la Junta conocía las quejas y las elevaba a la Junta Departamental. Sus facultades sólo alcanzaban hasta enviar oficios a la Subprefectura solicitando garantías para los quejosos. Habría que presumir, tal vez, que el mismo diputado Calle, como mantenía estos líos con los andamarquinos, a pesar de haber presentado y hecho aprobar el pedido de la distritalización, sin embargo utilizaba el tema y no movía realmente el asunto de la promulgación. Y, claro, otros intereses asentados en predios puquianos, pudieron también haber conspirado, temiendo que se debilitara el poder provincial. En fin, el caso es realmente inédito, porque aún cuando la ley de creación había sido publicada el día 28 de diciembre de 1943, sin embargo tuvieron que pasar 5 largos meses para que - por fin - el nuevo Distrito asumiera su nuevo rol, con el acto de su inauguración.
¿Quién pudo haber sugerido esa curiosa moción de “reconocimiento” al Presidente Prado que el flamante Concejo Municipal aprobó por unanimidad como su primer acuerdo a pedido de don Leoncio Galindo, flamante Alcalde de Andamarca?... Porque, seamos realistas, yo no creo que mi recordado padrino Leoncio la hubiera carburado por su cuenta. No creo equivocarme al sostener que tal iniciativa partió de alguno de los distinguidos visitantes venidos de la capital provincial. Ahora bien, supongo que el documento habrá sido entregado inmediatamente al Subprefecto, quien en su calidad de representante del gobierno, presidía la inauguración. Sigamos especulando: ¿habrá llegado la dichosa moción a conocimiento del mandatario y éste, en un pequeñito acto de cortesía, siquiera habrá ensayado algún gesto de retribución a tan inmerecido homenaje?... Imaginamos la escena. Se reúne Prado con su Secretario. Le pregunta por los despachos del día, y éste le informa que se ha recibido una moción de reconocimiento especial que le hace llegar el flamante Concejo Distrital de Carmen Salcedo, Andamarca. Apuesto doble contra sencillo que Prado habrá preguntado con desgano: ¿y dónde chicha queda este dichoso pueblo y qué pito he tenido yo que tocar en este asunto?...
Mucha agua ha corrido bajo los puentes. Ahora que estamos en otros escenarios, todos concordamos: la moción debió manifestar protesta y repudio por el inmerecido relegamiento.
Pero, no aprendemos y la historia se repite una y otra vez. Cualquier funcionarillo de soqta categoría (como dicen en Arquipa) que llega a nuestros pueblos motiva toda una rimbombante parafernalia: los vestimos como nuestros paisanos, obsequiándoles sombreros, chalecos, ponchos y todo cuanto hay. No contentos con ello, les colgamos medallas al cuello y los colmamos de resoluciones, reconocimientos como Huéspedes distinguidos, les entregamos las llaves de la ciudad y no sé qué pirindangas más, no escatimamos en gastos aunque estemos hasta las cangallas. En la mayoría de casos, los agasajados receptores son tan ordinarios que ni se acuerdan después del oro y del moro que nos prometieron. ¿Chaynachu icha manachu, icha Nicacha llullacullayquichu?....
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viernes, 6 de enero de 2012
CRONICAS DE FIN DE AÑO

Han corrido los días, casi ni habíamos reparado en el raído almanaque pegado en la pared: estábamos en el último mes del año 2011, con su hermoso mensaje de las Fiestas de Navidad. Unos días después, llegaría con todo el nuevo año 2012.
Para los andamarquinos, Diciembre es un mes particularmente especial porque, poco a poco, el singular homenaje al Niño Víctor en la Fiesta navideña ha adquirido dimensiones realmente notables. Andamarca ha tenido escasa historia religiosa católica. Es sabido que los españoles no anduvieron muy felices por aquí: la concepción en extremo rebelde del andamarquino impidió el afincamiento de elementos extraños en su territorio. Por eso, cuando se habló del retorno de los dioses nativos, el movimiento del Taki Onqoy tomó inusitada fuerza local y se propagó velozmente en toda la región.
Es incuestionable, sin embargo, que los misioneros y los evangelizadores buscaron enraizar su mensaje y cuando los inmigrantes mestizos venidos de San Juan de Lucanas se afincaron en tierras andamarquinas a finales del 800, encontraron débiles manifestaciones de catolicismo. Se refiere, por ejemplo, que en Antara, existía una pequeña capilla con techo de ischu que al poco tiempo se incendió por razones desconocidas. Los nuevos vecinos, por supuesto, traían concepciones religiosas bastante enraizadas que procuraron manifestar en su nueva estancia. Por eso, activaron los mecanismos locales y construyeron la nueva Iglesia, ubicada esta vez en la Plaza de armas, con trabajo especializado de los ingenieros locales. Algunos años después, pudo concluirse la construcción de su gigantesca Torre, a base de piedra sillar o cheqo, acarreada en hombros desde las canteras de Huaqesa. En el frontis de la Iglesia se lee: “Este Bolteo es hecho por el Maestro Valentín Quillas Zenén Flores Andamarca 20 de Octubre 1913. Párroco Doctor Macelino Prado. Siendo Ecónomo Nicanor Inca. Cabecilla Clemente Inca, Asunto O. Fidel Medina. Santiago Flores. Mingo Días. Cabecilla Jacinto Flores. Jorge Cupe. Santos Flores A.” (Ojo andamarquinos: el próximo año nuestra Iglesia va a cumplir cien años…)
Y en el de la torre, dice: “Empeñado por el S. Juez J. Carbajal. Trabajado por el Maestro Arquitecto D. Calixto Quispe en el año 1931. M. Ayudante Z. Flores. Siendo A.M.D. Francisco Tito F. y el Teni G.D. Andrés Ramos”.
Por esos años, los recién llegados sacerdotes franceses y suizos de la Congregación de Misioneros Redentoristas establecieron un convento en la ciudad de Coracora.
En cumplimiento de su misión evangelizadora salían a los pueblos vecinos y desde que conocieron Andamarca asistieron a su feligresía por largos años, sobre todo en las fiestas principales como las de Semana Santa y Navidad. Hasta la actualidad persisten algunas de sus enseñanzas como las reuniones de culto, los rezos y las canciones que sus discípulos locales los cantores, aprendieron y difundieron cuando ellos no estaban. Por ejemplo, en las ceremonias fúnebres, hasta ahora recitan responsos y jaculatorias, aún en idioma latino. Lo fenomenal es que los padrecitos modernos ya no estudian ni conocen el latín y no lo usan ni para el “Dominus vobiscum” de las misas. Los días miércoles y domingo de todas las semanas de todo el año, a las tres de la mañana, la feligresía se reúne en el templo para rezar la Lotrina y llevar la procesión de la Santísima Cruz por la plaza de armas, con repique de campanas. Es una práctica religiosa organizada por los Redentoristas. Recordaremos que un miembro de la familia Flores de Millopampa profesó y vivió como Hermano Coadjutor en esta Congregación hasta su fallecimiento en el Convento del Rímac en Lima.
El Niño Víctor llega a Andamarca más o menos en 1920, por iniciativa de uno de los inmigrantes sanjuaninos, don Braulio Canales. Viajaba por los pueblos vecinos en afanes comerciales y en Chiara de Apurímac conoció efigie tan especial y luego de entendimientos con sus propietarios pudo traerla al pueblo. En su domicilio, el Niño era visitado por los familiares más cercanos y los círculos de allegados. En poco tiempo, la bondad de su presencia se fue encarnando en la conciencia popular a punto tal que fue necesario organizar formas de culto con participación de todos los sectores. Establecieron que la fecha más apropiada para su celebración, era la Navidad. No se trataba sin embargo de un Niño recién nacido, en una cunita o en brazos de su Madre. Era ya un niño erguido, caminante y que sabía hablar. Los llegados de San Juan habían traído el culto al Niño Jesús de Praga, y como se trataba del mismo Niño Dios, se entronizó al Niño Víctor. Diversos pueblos rinden culto al Niño Dios con denominaciones locales como el Niño Pensamiento en Parinacochas, o el Niño Terremotito en Arequipa.
Los oficios religiosos eran muy esporádicos en Andamarca porque el sacerdote no vivía en el pueblo. Por ello, el Templo permanecía cerrado casi permanentemente. Si se dejaba al Niño en alguno de sus altares, no iba a ser posible visitarlo con frecuencia. Por ello, el Niño vive con sus fieles y se establecen turnos para que todos ganen la oportunidad de contar con tan digno huésped. El anfitrión, por supuesto, prepara el mejor ambiente en su vivienda y procura brindarle la mejor atención. La feligresía visita al Niño sin restricción alguna de fechas y horarios.
Por esos años y hasta la actualidad, los pueblos celebran las fiestas de Navidad con las canciones y bailes de las Waylías y los machoq o pastores de puna. Ellas son agraciadas jóvenes lujosamente vestidas, que bailan y cantan con el acompañamiento del arpa y el violín. La azucena que llevan en una mano, profusamente adornada con cintillos de colores y pequeñas campanillas, acompañan los versos sentidos adaptados a los harawis ancestrales. Los machoq llegan de las punas con sus chalinas, sus sombreros hechos con alas de cóndor, con un bastón de pastor en una mano y unas sonajas que acompasan sus cadenciosos movimientos amplificados en unos zuecos altos de madera que atan a sus pies. Las familias mestizas que fueron las primeras en organizar el culto al Niño Víctor, empezaron a organizar la fiesta con sus propios medios. Por eso, los varones se vestían de machoq o pastores y sus hijas, esposas o vecinas, bailaban como waylías. Para dar la máxima solemnidad a la Festividad del Niño se pensó en copiar los modelos de las grandes capitales como Huamanga y organizaron la entrada del chamizo, que es la retama, acarreada desde los bajíos de Huantaymisa en piaras de mulos, llamas y burros. El cargamento era y es recibido apoteósicamente en Antara con Banda de Músicos y con caballería lujosamente enjaezada. El Niño Víctor, ataviado con sus mejores galas, encabeza el júbilo popular, en brazos de sus Mayordomos. Las dos inmensas fogatas encendidas a medianoche iluminan los cielos hasta el amanecer. Los machoqs o pastores y sus waylías, entonan con más emoción que nunca sentidas canciones navideñas o villancicos andinos. El gigantesco homenaje al Niño Víctor es encomendado a la devoción de fieles devotos voluntarios que se obligan a pasar cargos. El Mayordomo atiende al Niño en su domicilio durante el año y se despide de él con su gran fiesta. Además, participan los cargos de Adornante, dos chamiceros y dos pastores.
La migración es una realidad social indetenible en nuestro país. La organización de colonias de andamarquinos residentes en diversos puntos del país se ha multiplicado. Por eso también y sobre todo en la última década, se han conformado Hermandades del Niño Víctor Poderoso, en ciudades como Lima, Ica, Cañete, Chilca y aledaños.
En estas Fiestas de Navidad estas Hermandades han coordinado los Homenajes al Niño Víctor y los señores Mayordomos y respectivos Cargontes han cumplido su parte con mucha entereza y mayor devoción, por supuesto. Naturalmente que el culto y el afecto al Niño ya ha rebasado los niveles locales. Ahora, se han sumado fieles originarios de otros pueblos y cumplen los cargos que asumen, con igual fe, cariño y responsabilidad. Nuestras congratulaciones y agradecimientos a todos los cargontes 2011. ¡Feliz Navidad y que el año 2012 traiga las mejores realizaciones para todos!.
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domingo, 25 de septiembre de 2011
¡HARTO MOTE PARA LOS PENSIONISTAS...!

La solícita y sonriente señora sirve a la mesa, procurando complacer los gustos de sus pensionistas, los profesores que están desayunando con tamaño apetito, dicho sea de paso. Los ánimos están altos como siempre, listos para una intensa jornada.
Está segura de haber puesto seis huevos pasados en el platillo, justos para cada uno de sus comensales, que ya están pelando sus humeantes papitas. Pero, qué raro, ahora que vuelve con la alcuza de sal, ají y pimientas, hay uno menos. Por las dudas, pensando que pudo haberse equivocado, completa el faltante. Cuando vuelve con los panes nota que vuelve a faltar otro. Esta vez se hace la desentendida, pero la seria reclamación del “profe” Alma no se hace esperar:
¿Y mi parte?... El médico no me ha prohibido comerme un huevito pasado, de vez en cuando, ah?..
No quedaba más remedio. A aumentar la ración se ha dicho. El comiloncito le estaba haciendo su pedido de yapita. El “viejo” Parra, Tula y Ofelia, el “negro” Julio, el “gordo” Dino, casi no pueden contener la risa, porque conocen de memoria la maniobra. Claro, ¿quién iba a ser?... “Alma” pues, que ya se había agenciado su refrigerio para más tarde. Los otros también se inspiraban cuando apetitosos choclos frescos sancochados adornaban la mesa, con su quesito qapchi, o tamalitos y humitas recién saliditas de la olla. Ya en la calle, los insobornables testigos también sabían cobrar su parte, ¿o hablo?:
Claro, ¡qué tal raza, solito quieres engullirte todo!.
Los profesores de la Escuela Primaria habían coincidido en contratar los servicios de la señora Felícita para su alimentación. Experta cocinera, la distinguida dama se esmeraba en brindarles una atención familiar, ofreciéndoles platillos deliciosos y abundantes. Conocedora de la realidad, pues su esposo también era profesor, ofrecía facilidades en la medida de sus posibilidades. Les esperaba el pago hasta cuando llegaban los sueldos, a veces alguno se retrasaba. Una verdadera amistad había ido cultivándose, el ambiente era en verdad familiar. Habían ido llegando de a pocos al pueblo, se sinceraban en sus problemas y se ayudaban sin restricciones. Procedían de diferentes lugares, se encontraban solos, sin familia y vivían en habitaciones alquiladas en la casa de don Roberto o de doña Zoila.
Menudeaban las bromas, las tomaduras de pelo, los intercambios de informaciones o discusiones frente a la problemática diaria, cada vez que el grupo docente se congregaba en las horas de alimentación.
El “viejo” Parra, como siempre, urdiendo los grandes golpes:
Tenemos que preparar un operativo. Ya están saliendo ricos choclitos, fresquecitos.
Aquí nomás, a la entrada del pueblo, en la chacra de los Herrera ya está
bonito el maíz, - también la señora mete carbón.
“Naque”, tú mismo eres, - dice el negro Julio-, si quieres yo te acompaño.
¿Y si me chapan?... Nada, vamos todos, solo no voy.
Esos patas, casi no cuidan su chacra, no pasa nada, vayan nomás-, no falta el candelero...
La señora nos va prestar un costalito, después de la cena vamos a ver qué
pasa. En el desayuno del día siguiente faltó queso, porque como los choclos estaban tan deliciosos, todos querían más.
Y, claro, la sentencia:
Mañana viernes, nos vamos a traer más y nos hacemos humitas y tamalitos,
sí?...
Pero, ustedes tienen que ayudarme. Los hombres van a moler y la señorita me
ayudará en la preparación.
Claro, señora, no se preocupe.
Pero, prohibido que este “Naque” entre a la cocina… Con tanto probar no nos
va a dejar nada...
*****************
La primera vez que Ofelia posó sus pies en suelo andamarquino, sintió que se iniciaba una etapa extraordinaria en su vida. Desde cuando había logrado con mucho sacrificio su Título Universitario de Licenciada en Educación con Especialidad, había venido tocando puertas con verdadera ilusión. En su Ica natal había gran congestión de personal docente, debía salir lejos, ya estaba convencida. Los acontecimientos se han precipitado, casi ni se ha dado cuenta cómo ha atravesado cordilleras y ahora está en Puquio. Se siente realmente conmovida por las inclemencias que ha debido sufrir desde su salida del entorno familiar y, por momentos, la férrea voluntad inicial como que quisiera debilitarse.
Cómo que te vas a ir a Puquio, ¿dónde te mandarán, a las punas a refundirte con las llamas?. ¿Para eso has estudiado cinco años?. Ya encontrarás algo por aquí. Además cuánto es el sueldo, como ayudante en alguna oficina o tienda, seguro que te pagan más.
Otra cosa. Hablan de que los grandes funcionarios se aprovechan de las jóvenes para darles un puesto y hasta les quitan sus sueldos.
Han abundado las reconvenciones y observaciones familiares, pero la decisión estaba tomada. En su fuero íntimo sentía voces inocentes de niños lejanos que la llamaban con ilusión.
Desde un primer momento había impuesto su clase, su porte digno y el peso de su expediente. Algunas entrevistas fueron necesarias, por supuesto, pero al fin le había sido asignada una plaza en Andamarca. Averiguó con los otros postulantes, sobre las características del pueblo y la forma de llegar. Hasta con cierta envidia le aseguraron que había logrado una excelente ubicación. Estaba cerca, existían servicios básicos, como carretera, luz eléctrica, agua potable y había comunicación por el servicio diario de buses.
Muy diferente es el asunto para aquella postulante destinada hacia un pueblecito pequeño, lejano, aislado, perdido en las punas, a donde sólo se llega a pie. Algo más que la necesidad de ganar un sueldo animan a estos jóvenes que dejan las comodidades de la ciudad para internarse en realidades tan distintas a la suya. Debe primar una razón más que especial para someterse voluntariamente a privaciones y condiciones tan duras. Una necesaria comunicación con gente sólo quechuahablante es un trámite hasta doloroso, pues desconocen el idioma de los pobladores. Lo de su diaria alimentación es otro tema urgente. Desde muy tempranito enciende el fogoncito habilitado en una esquina del salón asignado como vivienda, para idearse algún platillo de una especialidad que iría ganando en el ejercicio diario. Antes, en casa, mamá lo hacía todo. Por otro lado, debe preparar la labor del día, las clases para cada grupo de estudiantes, revisar sus cuadernitos. Como a diario la gente suele desaparecer del pequeño pueblo al irse a sus chacras, sólo convivirá con sus niños. Al llegar la noche, protegiéndose del inclemente frío, vivirá la soledad más desnuda y fiera. Se sentirá atrapada, atormentada en medio de la vacía y negra oscuridad. Si hay suerte, talvez alguna lejana emisora podrá ingresar al pequeño receptor, hablándole de realidades cada vez más distantes, pero hay que ahorrar pilas también, ¿dónde compraría las nuevas?.
Y así, día tras día, mes sobre mes. Muy de vez en cuando, la visita de algún colega o quizá un comerciante. Sólo una vez al año sabe llegar también el curita Rómulo Miranda. Nada más. Por eso, cuando estos profesores son convocados a Puquio para algún cursillo o concentración, no falta el solícito amigo que los pone en contacto con la civilización:
Este aparato es un carro, ca-rro, sirve para andar, para viajar. Este otro aparato es un teléfono, te-lé-fo-no para que pongas un telegrama a tu familia, esto es un periódico, y esta es una carretera, ca-rre-te-ra que te va a llevar a tu pueblo, si es que algún día sales de tu destierro.
El grupito de niños confiados a su responsabilidad, cada día se acostumbra más a su trato de maestra. Como es solita, para atenderlos, los ha dividido en grados de estudio. Las autoridades de la Comunidad procuran asistirla en la medida de sus posibilidades. Los días de fiesta mayor, como el Día de la Madre, la Jura de la Bandera o el 28 de Julio, organiza actuaciones en la placita central. Los alumnos recitan y entonan canciones, representando escenas diversas, en fin. La gente poco a poco irá aprendiendo también a participar.
Sólo el calor de un entusiasmo siempre juvenil, las ganas de realizarse, una gran voluntad de hacer obra trascendente son sus armas para vencer amarguras. Las fieras dentelladas de la amarga soledad y de la falta de comunicación con los suyos la atormentan con cierta frecuencia. Entonces sale al campo, aspira el perfume de las flores silvestres cuyos colores se confunden con los de juguetonas mariposillas besándolas sin descanso, el canto rumoroso del río se une a los tiernos gorjeos de mil aves y el olor de los caminos recién mojados por la amiga lluvia, como que la embriaga suavemente. Una dulce sinfonía que fortifica, rejuvenece el espíritu y que jamás olvidará. Sabe, entonces, que es muy afortunada. Solamente aquí alguien puede ser tan bellamente gratificada por la inmaculada naturaleza, tan real, tan suya. Y, ¿porqué negarlo?. Se emociona también hasta las lágrimas cuando poquito a poco, sus niños leen, escriben, van ganado experiencias y conocimientos.
En Andamarca, lo tenemos dicho, el asunto es diferente. Para empezar, sumando los tres niveles de Inicial, Primaria y Secundaria, laboran no menos de 40 profesores, venidos de Ica, Arequipa y hasta del norte del país. Había buen ambiente y la amistad se robustecía para toda la vida. Varios son los profesores que también encontraron el amor y formaron sus hogares. La vida seguía desarrollándose y todas sus urgencias habrían de ser colmadas con naturalidad.
¿Está todo listo para el ponchecito?. ¿Consiguieron el maní, la leche, las galletas?...
Felizmente, todo. Y tú, ¿ya conseguiste el arpa y la música?.
Hablé con Carlos, me ha ofrecido estar presente, ya hará grupo con el profe Tomás y todos cantaremos.Los preparativos están a la orden, se activan los mínimos detalles, todo debe salir bonito. El grupo de amigos profesores desde su salida de la escuela a las cinco de la tarde no encuentra descanso. En un ajetreado ir y venir están preparando la serenata que a las doce en punto le llevarán a Techi, la colega que mañana está de cumpleaños. En la mayoría de casos, han debido prestarse los enseres de algunas madres de familia bondadosas y colaboradoras.
A la hora convenida, convenientemente abrigados para soportar los rigores de la noche invernal, se han juntado todos. La orquesta también está lista, con el amigo Carlos y su acordeón. Se ha prestado del tío Lucho, el profesor decano, la guitarrita de palo para que toque el profe Tomás. Ahora ya con gran sigilo han llegado hasta la puerta de la habitación de la santa y han iniciado los compases de la salutación.
Conforme la señorita Techi, profesora del tercer grado “B” en la Escuela Primaria, ha ido despertando lentamente, los versos han ido haciéndose más nítidos:
“Bajo la sombra de un verde prado naciste,
dicen tus padres que allí forjaron tu cuna…
El día que tu naciste nacieron las lindas flores,
Y en la pila del bautismo cantaron los ruiseñores”…
Recordó, entonces, que en la noche mientras conciliaba el sueño, algunas lágrimas habían humedecido sus rosadas mejillas pues había pensado con ternura en sus padres, sus hermanos, sus amigos de barrio y había sentido más desnudo que nunca el abrazo de la soledad y se había preguntado porqué...
“Ya ya, pues, abre tu puerta, siquiera la ventanita”, le decía el coro de visitantes, entre cuyas voces creyó reconocer las de algunos de sus colegas.
Con su amplia y familiar sonrisa ha recibido el abrazo de sus compañeros de trabajo y ha sentido tanta gratitud, tanta luz hermosa en el corazón que le están haciendo llorar, esta vez de felicidad, de saberse sentida, talvez querida, aún en la orfandad y en el silencio de la ausencia de los suyos.
Ya instalados de alguna forma en la estrechez de la habitación, han menudeado las canciones.
Calientito nomás señorita sírvase este ponchecito de maní y ajonjolí, - la señora oferente.
Ya, ayuda a alcanzar las galletitas, pero vas a guardar tus mañas, no vas a ser “chulla wicsa”(barriga sola), contigo hablo causita, -la recomendación a media voz nomás, como para que nadie deje de enterarse del “café” que le han metido al pobre “Alma”.
Claro que los varones han llevado también sus copitas de licor especial, de manera que la alegría ha sido cabal y el tiempo ha resultado corto. Han vivido una alegría especial, un orgullo casi, al entonar con fuerza, como para que escuche con envidia todo el pueblo:
“Profesorita, profesorita qué buena plata ganas tú,
nos compraremos una casaza y un automóvil pa’ los dos”.
Para cuando el cortejo serenatero se ha retirado, ya han estado llegando los albores de la madrugada. No había problemas, hoy es sábado. Techi pensaba y pensaba en cómo haría para preparar siquiera algunos bocadillos y retribuir la generosidad de sus amigos.
La señora Feli, la de la pensión, le dice:
Sobre el almuerzo, señorita, usted no se preocupe. Yo me encargo, haré una especialidad para usted y por supuesto que debe invitar a todos sus colegas y amistades. Le acondicionaré la sala grande para que atienda a todos sus visitantes. No se preocupe de nada señorita.
Emoción, gratitud, ganas de gritar, de llenar el espacio con voces de júbilo. Todos deben saber que, a pesar de los problemas y las circunstancias adversas, siempre quedan enormes espacios para la solidaridad, para la generosidad, para el blanco sentimiento.
Y así vivía el grupo humano. Integrándose, siendo uno en los trabajos, en los esfuerzos, en las alegrías, en los dolores también y talvez más. Por ejemplo, cuando a Marcial se le murió el pequeñito que criaba con tanto afán todos estuvieron allí, acompañándolo, esforzándose por hacer menos perceptible el dolor. Y si se presentaban enfermedades o problemas de cualquier índole, estaban siempre atentos, juntos todos, compartiendo, alentándose, jalándose, sintiéndose.
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Oiga profesor, por favor, cuente bien, no vaya a haber algún problema, no se me apure, ¿cuánto ya iba?...
El escenario es la oficina del Banco de la Nación, en Cabana. Don Carlos, el único empleado, Administrador, pagador, secretario y wachimán de la oficina atiende el pago de los señores profesores. Habían llegado desde tempranito de todos los pueblos de su jurisdicción. Algunos a pie, otros a caballo, de Andamarca, saben venir en motocicleta. Esto de los pagos es todo un afán, una ceremonia y festividad. ¿Quién no se emociona siquiera por un instante al recibir su platita?...Como desde Puquio envían los documentos, los cheques y el billete, la gente está atenta y se pasan la voz. Los más jubilosos son, por supuesto, los dueños de bodegas y de pensiones. Realmente, son ellos los que cobran. En Andamarca, más de treinta profesores han entregado sus cheques debidamente firmados al profesor Carlos quien ha partido a primera hora en su motocicleta. Cumple un acuerdo, para que los demás docentes no pierdan su día de trabajo. Para esta ocasión, don Lucho, el viejo maestro con más de cuarenta años de servicios, se pone su corbata de fiesta, y se va personalmente a recabar su dinerillo en el caballo “Apache” de la familia.
Nadie oculta su desencanto porque distribuidos los billetes, no alcanzan para nada. Todos suscribían el comentario:
Cuando le presento mi cheque, el Empleado de la ventanilla del Banco me mira no sé si con burla o con cólera. Con burla porque le da risa tanta plataza y con cólera porque no puede entender cómo hay gente tan cojuda de aceptar que le paguen estito.
Aquí, están pues lo plenipotenciarios cobradores de los tremendos haberes docentes. Es el turno de Andamarca y de Chipao. Un numeroso grupo, espera ser atendido haciendo una colita ordenada en la calle, no puedo atenderlos a todos al mismo tiempo, comprendan pues, caballeros. Con atención y aprendida destreza ha contado los billetes que hacen la suma de todos los cheques presentados. Un montonal de plata, oiga... Los sueldazos de treinta maestros, imagínese usted. Ha concluído la operación primero con el delegado Aldoradín de Chipao y le ha cedido un espacio grande en la mesa central, recomendándole ser muy cuidadoso para no equivocarse en el conteo. Cuando concluye su operación con el comisionado de Andamarca, está calculando que el chipaíno debe haber avanzando bastante y azuza más su nerviosismo, con cierta picardía:
Profesor, por favor ¿está usted contando bien?. ¿Todo conforme?. Tranquilo nomás, no se me ponga nervioso.La sonrisa maliciosa y un guiño cómplice al tocayo, que ya empaqueta su cargamento antes de emprender el retorno a Andamarca.
Sí, no se preocupe, don Carlos. Todo está bien.
¿En cuánto iba?...
¿Cómo era, dónde estaba, cuánto había en este montoncito?...
¡A empezar el conteo, nuevamente, desde cero!. Así lo tenía acompañándole buen rato porque le repetía el juego varias veces. Al final, él mismo le volvía a contar los billetes, porque el sistema nervioso del chipaíno amenazaba con un colapso imprevisible.
La llegada de la moto era esperada con afán en Andamarca. Al tocar la campana de salida, Carlos era capturado por todos los poderdantes, a quienes les picaba la mano y también la sed, porque era reglamentario un vasito, aunque sea de chicha.
¿Waqay cholo rascabuche, qué cosa?. Yo soy misti decente, sajsa sikillapas (pantalón remendado), pero cervecero!.
& & & & & &
La fraterna solidaridad de sus relaciones se amplificaba cuando se decidían a reclamar sus derechos profesionales. El necesario Comité Distrital del SUTEP estaba allí más sólido que nunca, compañero. Tenemos que fortificar esta Huelga General. Todos los gobiernos se hacen los cojudos con nosotros. Un Presidente, muy cómodo él, conchudazo, había “justificado” la enorme desigualdad de sueldos pagados con dineros del Estado. El mismo, sus Ministros, los congresistas, los “altos” funcionarios o asesores se agarraban hartísimo plata y en dólares, “porque eran, pues, menos y les alcanzaba”. En cambio, como hay muchísimos maestros no alcanzaba la plata para aumentarles la paga, pues.
Estos y otros temas avivaban el interés en el conciliábulo que el grupo de disciplinados sutepistas sostenía en una esquina de la Plaza, aguardando el momento de iniciar su Asamblea Informativa. Las últimas noticias escuchadas en las emisoras de Lima no eran nada alentadoras. El Ministro de Educación, como siempre, ocultaba la cabeza como el “akakllo” y se negaba al diálogo. Exigía, sí, que todos los maestros volvieran a sus aulas cerradas ya hace dos meses. El consenso era general, no vamos a ceder, tendremos que radicalizar las medidas. Realizaremos más marchas de sacrificio y huelgas de hambre. En las ciudades grandes, ya están dándose estas medidas y también han sido tomados algunos locales públicos. A Dios gracias, los padres de familia y la población en general, hasta los alumnos, han salido a apoyarnos.
La reunión del día de hoy es vital. Han llegado Delegados de los pueblos vecinos porque vamos a escuchar los informes de los dirigentes de la Base provincial. No están ausentes tampoco algunos comentarios risueños, ante el interés de algunos transeúntes. De improviso una señora que no es maestra, se hace notar. Evidentemente, no es del lugar. Lleva una gruesa Biblia en la mano. Debe ser una de las predicadoras de las sectas que últimamente están arreciando sus campañas yendo casa por casa. Ha terciado en la conversación y les ha aconsejado paciencia, resignación y mucha fe. Ha repetido bastante su pedido de rezar, “porque el Señor acudirá y solucionará todos los problemas”.
Y, ¿cómo le vamos a hablar, si no vemos dónde está Dios?, - le interrumpe Matta, conocido como el “Pachu” andamarquino.
No, hijito, - contesta la buena señora. A Dios no lo vemos, pero Él está aquí, aquí mismo en medio de nosotros y está oyendo lo que hablamos y está sabiendo lo que pensamos.
¿Entoncccessshh, Diosshh esshhtá camuflado?...
Ha estallado la risa general coronando la inteligente pregunta de “Pachuco”, el más caracterizado “profe” de Aucará, por su inconfundible parsimonia y especial tonalidad y pronunciación y “lo pendenciero” de sus ocurrencias. La señora ha insistido en su misión salvífica, pero acaban de avisar que ya se inicia la reunión sindical.
Lo dicho. Los informes coinciden, la solución está cada día más lejana por eso sólo nos queda activar medidas de lucha más radicales, aún a nivel de las bases distritales. Manos a la obra, mañana nos concentraremos masivamente en Cabana, sede del NEC. La cosa se ha puesto color de hormiga, abundan las amenazas de despidos y castigos, pero no vamos a desgranarnos ahora, nos solidificaremos más.
Cabana está conmovida con la presencia de sutepistas venidos de todos los sectores. Nunca se había visto a tantos profesores juntos, jóvenes en su mayoría, algunas damas con sus huahuitas, ayudando a preparar la olla común. Culminando la reunión sindical, más de doscientos profesores han formado dos columnas en la calle y han empezado una marcha pacífica de motivación ciudadana: Pásame la S, la ese, pásame la U, la uuu, etc... Qué dice: SUTEP, agítenlo compañeros ¡SUTEP SUTEP SUTEP!. Crecía el entusiasmo, pero también las miradas preocupadas de las señoras, sobre todo.
Desde el inicio de la lucha magisterial, algunos policías se habían tomado el pleito como propio y, aún perteneciendo a la misma clase popular golpeada y empobrecida, como que se esmeraban en propinar tremendas palizas a los pobres profesores, en sus movilizaciones. A propósito, en esta reunión, un profesor ha mostrado una revista de circulación nacional con la foto de un novato teniente de la Policía, que se jactaba de ser “cazador de sutepistas, decidido a demostrar quién manda aquí”. Dicho guardia, por desgracia, era hijo de uno de los profesores mayores y de más caracterizada presencia, que se encuentra aquí con nosotros, participando con gran entusiasmo desde el primer día, alentándonos cuando queremos desanimarnos. Por respeto a sus canas y por no ofenderlo se ha decidido ocultarle la publicación.
La bulliciosa y ordenada caravana se aproxima a la Plaza de Armas. Todo el contingente policial está cuadrado en la esquina, armado hasta los dientes, con bombas lacrimógenas en las manos, escudos, en fin. Casi todos son amigos. Algunos profesores, inclusive, saben “timbear” con ellos por las tardes, o jugar fulbito lo sábados. El grupo que encabeza la marcha, portando el pabellón nacional y la banderola sindical, ha procurado alcanzar al alférez que comanda el operativo represivo, el permiso otorgado por la Subprefectura de Puquio para la marcha. El oficialillo ni siquiera se ha dignado mirar el documento. Ha gritado sus órdenes, como si estuviera en alguna escaramuza militar y ha lanzado casi en los rostros de las maestras su primera bomba lacrimógena. Las voces de ¡tranquilidad compañeros, no se asusten compañeros, humedezcan sus pañuelos compañeros!, no tuvieron tiempo de ser aplicadas, pues la represión apresaba a todos los que estaban a su alcance y se los llevaban al local policial. Sonaban los disparos, uno que otro exaltado llamó a coger piedras y a repeler el ataque. ¡Tranquilos compañeros, no corran, nosotros somos más, ellos son pocos, podemos dominarlos, no se dejen agarrar, defiéndanse!, los gritos de uno y otro lado. Hasta que arreciaron los balazos, la cosa no se calmó. La población está tremendamente conmovida. Jamás se había vivido situación igual. Con el temor de que alguien hubiera caído, el grueso empezó a retroceder protegiéndose y escaló rápidamente el cerrito contiguo, donde se parapetó detrás de un enorme muro de piedras, decidido a enfrentarse con todo.
Oye, maricón, escúchame. Tú, alferecillo cobarde, a tí te llamo. Tú solo conmigo. Deja tu arma. Si eres hombre, aquí en la pampa, te voy a enseñar a golpear mujeres, te crees muy hombre porque tienes armas y no estás ni para un sopapo. Que nadie se meta, yo contigo mariconazo, solos, a ver ¿dónde está tu macheza, demuestra pues?...
Si le tienes miedo a él, conmigo, soy chiquito y flaquito, ven, mariconazo, a puño limpio, nada de armas.
Las pifias y gritos de los gratuitamente atacados maestros, claramente escuchados en toda el área, apabullaron al valiente jefe de la Comisaría, que sólo atinó a protegerse en su despacho, debidamente escoltado por supuesto. Los represores ya no se atrevieron a más y se dedicaron a recorrer las calles disparando como locos, buscando profesores. La orden era que revisaran a todos los transeúntes y si era maestro, derechito a cana. Total: 18 manifestantes presos, ocho han sido maestras madres de familia y sus bebés están llorando desesperadamente.
Hay que actuar rápido. Las tareas son urgentes. Los profesores del lugar deberán camuflarse y buscar contacto con las autoridades locales: el Alcalde, el Gobernador, el Juez y algunos vecinos notables, ni abogados hay aquí. Entre éstos, como siempre, hubo quienes se negaron, pero no faltaron los amigos, los paisanos que trataron de ayudar. Pidieron entrevistas con el alferecillo que se había proclamado todo un Emperador. Embozado en su uniforme comando, no atendía razones. Se le planteó el canje de las damas con varones. Nada. Las horas han ido avanzando y la noche ha caído pesadamente. Mañana, a primera hora se van los presos a Seguridad del Estado en Lima, yo mismo los entregaré, fue su inflexible decisión, sólo así podremos barrer con tanto revoltoso que atenta contra el supremo gobierno. Se tuvo que coordinar acciones urgentes de apoyo, juntar míseras bolsas para alcanzarles a los presos y encargar a los familiares la atención de las criaturas. Un grupo de enrabiados profesores trataba de convencer a los demás para ejecutar acciones concretas como bloquear la carretera y liberar a los detenidos. Pero, esto podría ocasionar hasta muertes, pasar a la clandestinidad, en fin. No estamos para eso.
Con el paso de los días, han arreciado las noticias desoladoras. La policía maneja una lista de dirigentes para capturarlos y las Resoluciones de despidos y traslados disciplinarios están saliendo como volantes. Responderemos con una gran marcha de sacrificio de todos los distritos hacia Puquio, para tomar la Dirección Zonal. Cinco días después, a las ocho de la noche el grupo de dirigentes venidos desde las bases interiores, se sirve una frugal lawita en Andamarca, ocultándose de la repre, por supuesto. En una hora más, veinte maestros de esta base nos uniremos y caminaremos toda la noche. Al día siguiente la noticia había fortificado las esperanzas de miles y miles de angustiados profesores comprometidos en una desigual lucha que ya cumplía tres meses: ¡Quinientos maestros tomaron la sede zonal de Educación de Puquio!.
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Qué tal, señoritas, ¿a dónde creen que se van, quién les ha dado permiso?.
Hola, coleguitas. El amigo Rodolfo nos ha invitado a conocer Chipao, dice que hay buenos baños termales en Mayobamba. Volveremos hasta la tarde, nomás.
Son Dino y Julio, los profesores que con los aparejos necesarios en la mano están bajando al río en plan de pesca, nos toca “cebichear” hoy. Claro que los caballos están debidamente ensillados y moviéndose nerviosamente en la puerta de la casa, listos a iniciar el viaje hacia Chipao. Las dos jóvenes profesoras, de pantalones y casacas, con coquetos sombreros y lentes ahumados, atienden a las indicaciones de su guía para montar correctamente a los zainos y manejar las riendas.
Ese amiguito no ha hablado con nosotros, debe solicitar permiso, nos están
o obligando a tomar medidas urgentes.
Y, ¡cuidadito con tardarse!.
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